Lo que las palabras no dicen

Por nuestra hermana Belén Miguel

El problema de la inmigración es cada vez más dramático, a diario conocemos los números de los que quedan en el mar, sin alcanzar la deseada costa que les permitiría, ¡oh ilusión! comenzar una vida más feliz.

Las noticias, no siempre completas y verdaderas, van creando en la población, un cierto miedo y rechazo, hasta el punto de que muchos brotes de racismo y xenofobia se dan aquí y más allá.

Mons. Agrelo alerta de  la situación tan dura y cómo va cambiando entre los inmigrantes de Tánger, la desinformación o una información hecha a la medida, es un arma con la que los gobiernos quieren hacernos creer  que en las fronteras no hay violencia contra los inmigrantes o justificarla porque estos son violentos o mafiosos. Pero  “cuando decimos que las fronteras matan, lo que quiere decir es que matamos quienes  las pretendemos impermeables para los pobres “

Alertas y campañas contra el racismo y la xenofobia, nos ponen en guardia del riesgo de la exclusión del extranjero, pero no es del todo cierto este discurso, no rechazamos al extranjero al extranjero en general, más bien lo esperamos y nos preocupa que descienda el número de ellos que vienen a nuestro país. No rechazamos a una raza, rechazamos al extranjero pobre, no por extranjero si no por pobre. Hay racistas y xenófobos, pero aporófobos, que rechazamos al pobre, somos casi todos.

Aporofobia. Este término, acuñado por Adela Cortina y aprobado por la Real Academia en el 2017, tiene una mayor significación de lo que son nuestras posturas ante  el extranjero, el inmigrante pobre.

La aporofobia es un tipo de rechazo peculiar, distinto de otros tipos de odio o rechazo, entre otras razones porque la pobreza involuntaria no es un rasgo de la identidad de las personas. “Pero las puertas  de la conciencia y de la acción, se cierran ante los pobres sin hogar a los que se les condena a la invisibilidad.”

¿Cuál sería el antídoto para esta lacra ? Adela Cortina señala dos :

  • el respeto activo, considerando la igual dignidad de la persona y
  • el cultivo de la compasión del que sabe lo que quiere y está dispuesto a compartir el sufrimiento de los demás.

La solidaridad con los pobres, el compromiso personal y comunitario de los que son especialmente vulnerables, se convierte  en una urgencia si queremos superar este mundo de discriminaciones inhumanas.