Superiora General

María Eugenia, contempla su tiempo con una mirada de esperanza y, a diferencia de ciertas corrientes espirituales y religiosas de entonces, considera al mundo como lugar de revelación y gloria para Dios. Esta manera de ver, esta contemplación lejos de apartarla del mundo, la lleva a amarlo cada vez mas.

Me cuesta oír llamar a la tierra lugar de destierro: yo la contemplo como un lugar de gloría para Dios. puesto que puede recibir de nuestras voluntades libres y que sufren el único homenaje que no encuentra en sí mismo.... 

Comprende que Dios tiene un proyecto sobre el mundo y que cada uno es llamado a colaborar en el.

Creo que cada uno de nosotros tiene una misión que cumplir en la tierra...

... El fin de la religión no es solamente el de esforzarnos en buscar por todos los medios nuestra bienaventuranza eterna. sino de esforzarnos también en buscar en qué puede Dios servirse de nosotros para la difusión y realización del Evangelio

La luz de la fe cristiana es fuente de coherencia. Mª Eugenia cree en las consecuencias terrenas del Evangelio, si se vive, y en su poder de transformación de la sociedad. Presiente que si sus contemporáneos no colaboran en el proyecto de Dios es más por ignorancia que por malicia. Se trata de comprender este tiempo y de educar en una perspectiva cristiana de acuerdo con el Evangelio.

lo que falta hoy... son órdenes religiosas en relación con los caracteres, los espíritus e incluso con las fuerzas físicas de nuestro tiempo

Tiene confianza en la capacidad de la mujer de realizar esta transformación.

Veréis que las mujeres creen que su papel en la familia es el de asegurar la fortuna, casi nunca el honor y la rectitud, ellas, a las que el cielo hizo educadoras del mundo.

En lugar de lamentarse solamente por ese estado, de hecho Mª Eugenia se dedica a modificarlo, inculcando por medio de la educación, un espíritu social cristiano que corrige la superficialidad que denuncia.

El fin de la educación es que, una vez que están ya en el mundo, sean mujeres cristianas capaces de llevar los pensamientos, los sentimientos, las costumbres cristianas al seno de la familia.

La inteligencia debe formarse de manera que anime la voluntad y le proporcione una dirección. Que se actúe según la razón y con razones para actuar.

Todas habíamos experimentados los inconvenientes de una enseñanza inspirada por un principio mundano o anticatólico. Y no es que hubiera en nuestra educación el prejuicio de evitar el nombre de Dios y de no querer poner a la religión como fundamento de la enseñanza; pero faltaban convicciones, se leían libros de toda especie, había profesores de todas las creencias.

La reflexión sobre su propia experiencia, las necesidades de su tiempo, así como las causas del creciente divorcio entre fe y razón la llevaron a elegir la educación como respuesta a los desafíos de su tiempo. Mª Eugenia estaba convencida de que su proyecto era la causa de Dios. Su fe le proporciona, no sólo la audacia sino también la resistencia, no sólo la energía de actuar, sino también la fuerza de hacer frente a la incomprensión, la oposición e incluso la persecución. Era paciente cuando se enfrentaba con la lentitud de las personas y el peso de las instituciones. Su fe y amor a Cristo le permitieron hacer la unidad, su obediencia a la voluntad de Dios y el sentido de su llamada conservaron su mirada fija en su ideal. En 1841 escribe al P. Lacordaire:

No conocía a los miembros de la Iglesia, los consideraba como apóstoles, más tarde iba a encontrar en ellos sólo hombres

Su intuición y su experiencia de la verdadera naturaleza de la Iglesia le permitieron ver siempre en ella a Cristo, Buen Pastor.

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