Su Juventud
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- Creado en Lunes, 02 Enero 2012 16:05
- Escrito por Mercedes Méndez Siliuto
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EL señor Milleret, que trata de recuperar algunos restos de su fortuna en Metz, se preocupa sin embargo, de su hija. La confía a una amiga de la señora de Milleret que se ofrece a iniciarla en los cuidados de la casa.
Se trata de la señora de Dulcet, mujer del recaudador general de Chálons, que era muy rica, mundana y que recibía visitas con mucha frecuencia. Ana Eugenia disfrutará de los atractivos de esta vida; su ingenio, así como su encanto, le proporcionaban gran éxito. Le gustan estas diversiones y, sin embargo, le dejan insatisfecha. Este ambiente más irreligioso todavía que el suyo, los raciocinios artificiosos, los libros leídos, el aguijón siempre presente de la muerte de su madre, le producen turbación, angustia y le suscitan mil preguntas a las que nadie le puede responder.
Mis pensamientos son como un mar agitado que me fatiga y me pesa. Quisiera saber todo, analizar todo, y adentrándome en regiones espantosas, camino audazmente perseguida por no sé qué inquieta necesidad de conocimiento y de verdad que nada puede saciar. Cansada de mí misma, quisiera aniquilar esta inteligencia, hacerla callar, detenerla... Estoy sola, sola en el mundo, en un amargo aislamiento de alma. Y ¿qué interés tienen todos esos que pasan a mi lado, sus risas alegres con las que yo me mezclo, esos amigos que me dan la mano sin inquietarse si sufro...?, cuando estoy con ellos, estoy más sola que nunca; si me muriera mañana, me olvidarían pasado mañana; nadie vendría a rezar a mi tumba.
Problemas y sufrimientos inevitables para aquél o para aquélla que quiere vivir en verdad. Retroceso necesario también para verse sufrir y sufrir más todavía..., para, sin embargo, sacar provecho, aprender a juzgar, a discernir quizás. Escuchémosla de nuevo: Me encuentro absorbida por cuestiones que están por encima de mi alcance y que sería mejor no pensar en ellas... Y además, a este carácter altivo el más fútil objeto le va a ensimismar: una hoja verde, un rayo de sol, ¿qué digo? una vanidad, un elogio.
Ana Eugenia tiene apenas dieciocho años. Su capacidad de reflexión, de análisis, de pensar, es sorprendente.
Estamos en el invierno de 1835; el señor Milleret, inquieto por este ambiente demasiado frívolo, envía a su hija a París a casa de la señora de Foulon, una de sus primas. Un nuevo cambio me llevó al lado de mujeres muy piadosas, y esto fue quizá un mayor peligro. Me aburrieron, eran de ideas estrechas. La soledad le pesa. Podría decirse que lo único que tiene es la soledad. Pero sigue estando preocupada, obsesionada por la verdad de la que todavía ignora su nombre.
En medio de estas oleadas, de esta tempestad interior, un ancla, un punto estable, una gota de paz: la gracia eucarística. Ana Eugenia anota: Mi Dios, con su bondad, me dejó un vínculo de amor. Podía dudar de la inmortalidad de nuestra alma, pero rechazaba involuntariamente todo lo que atacaba al sacramento de nuestros altares, y cuando en la iglesia veía la hostia en las manos del sacerdote le pedía, a pesar mío, que me hiciera como ella y que me condujera más arriba. Pero continúa diciendo que su formación, donde Cristo no contaba para nada, cerraba el camino de esta gran devoción.







