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Homilía del Cardenal don Carlos Osoro, arzobispo de Madrid, en la apertura del CGP 2017

Categoría: Noticias de familia Creado: Domingo, 12 Marzo 2017 Publicado: Domingo, 12 Marzo 2017

Descarga en este enlace el texto de la homilía

Quiero comenzar dando gracias a Dios por poder estar aquí, en la apertura de vuestro Consejo General Plenario. Un gran acontecimiento, aunque es verdad que no habéis salido en los periódicos, pero esto no significa que no sea un acontecimiento rico para la vida de la Iglesia.

El lema que habéis escogido es actual e imprescindible para la vida de la Iglesia. La llamada a la comunión y a la misión fue central en el Concilio Vaticano II, y aún hoy vuestro lema continúa con hondura: “Testigo del Dios Vivo, profetas de alegría. Que todos sean uno para que el mundo crea”.

Este lema revela una profunda realidad: que solo desde la comunión es posible realizar la misión. Pero nos podemos preguntar cómo realizar esta comunión y misión. Si os dais cuenta, esta llamada es la síntesis de todo el Evangelio, y de la palabra que nos ofrece la liturgia en este segundo domingo de Cuaresma. Las lecturas de hoy nos muestran el camino para realizarlo: la escucha. Deseáis escuchar al Señor, por eso os reunís: para escuchar lo que os quiere decir para el hoy de la congregación, bajo la perspectiva del carisma que el Señor regaló a la Iglesia por vosotras. Escucháis al Señor desde esa clave del carisma. Cuando pensaba y preparaba esta homilía, a la luz de la Palabra de hoy, veía tres realidades importantes.

 

 

 

 

Primera: para favorecer la misión y vivir la comunión es necesario salir de nuestra tierra.

La tierra somos nosotros mismos. El Evangelio tiene la capacidad de entrar en todas las culturas: en las que conocemos y en las que no. Para poderlo anunciar tenemos que salir de nuestra tierra, de nosotros mismos, y dejar hablar a Dios. Es de una hondura preciosa el texto del Génesis en el que el Señor le dice a Abrahán: «sal de la tierra, a la que te voy a mostrar». Se nos pide ir a la tierra donde están los hombres, se nos pide salir de nosotros mismos para entrar en Dios; solo así seremos su pueblo, el que hace según el parecer de Dios, y no según nuestro parecer o gustos. El Señor nos pide que vayamos a su tierra, tendremos para ello la ayuda de Dios. Si entramos en su tierra y dejamos la nuestra, seremos bendición. Por ello tiene una profundidad especial, en este encuentro que os reúne, esta llamada a la comunión y misión, llamada a ser testigos de un Dios no muerto sino vivo, y por eso somos testigo y profetas de alegría. Esta misión solo se puede hacer juntos, en la unidad, en la comunión; por eso es tan importante salir de nuestra tierra e ir a la tierra del nosotros.

Segunda: sal de tu tierra con la fuerza de Dios.

La lectura del apóstol san Pablo a Timoteo dice claramente cómo realizar esta llamada a la comunión y misión, cómo tomar parte de los trabajos del Evangelio: con la fuerza de Dios. Podemos darnos porque Dios en Cristo Jesús nos ha salvado. Nos llama a la vida, pero no a cualquier vida, sino a la de los santos, a la vida de Dios, que es el santo de los santos. Nos da su gracia y su amor, destruye la muerte, y por eso podemos regalar la vida a nuestra tierra, a nuestro mundo. Salir de nuestra tierra para entrar en la de Dios es posible por la misma fuerza que Él nos da. San Pablo afirma que el trabajo es duro: «toma parte en los duros trabajos del Evangelio»; y esto es posible porque le dice que lo haga según la fuerza de Dios. Aquí descubrimos la importancia que tienen para nosotros estas páginas del Evangelio, y de la Escritura que hemos escuchado, al comienzo del trabajo y la reflexión que vais a comenzar, que no debe ser teórica: debe ser de vida, desde la comunión y la misión. Os mueve el deseo de ser testigos del Señor y de vivir la alegría del Evangelio; de vivir la gracia de haber entrado en esta tierra que es Dios mismo; de ahí surge la alegría a la que estáis llamadas a ser profetas.

Tercera: dejándose envolver por su presencia

El Evangelio que acabamos de proclamar tiene una fuerza especial, nos dice cómo salir de la tierra con la fuerza de Dios. Jesús tomó a tres apóstoles, escogió a los más difíciles y tercos, a los que más dificultades tenían, porque quería hacerles experimentar algo especial. A nosotros también nos dice hoy cómo salir hacia la tierra a la que Dios nos llama, en esta nuestra tierra, su tierra:

1. Dejándonos llevar de la mano de Cristo. «Tomó a los apóstoles y se los llevó». Dejémonos también llevar y elevar; seamos dóciles. La docilidad es esencial para poder vivir este lema. Docilidad significa no dejarnos llevar por mis ideas, mis proyectos, lo que me gusta... Sino dejarnos llevar por la voz de Dios, que quizás nos lleva por lugares inimaginables.

2. Encontrándonos con el Cristo de la fe: «se transfiguró delante de ellos». Se transfiguró: esto significa que les hizo experimentar quién era con un rostro resplandeciente como el sol. Esta experiencia del encuentro con Dios era especial. Experimentemos también nosotros la verdadera felicidad, dejémonos invadir por su luz.

3. Nos reúnen personas, no ideas, que nos hablan en el presente, aquí; se rompen las fronteras, y se hace verdad lo que san Pablo dice: «No hay judíos, ni gentiles, esclavos o libres». Dejémonos invadir por la luz que viene del Señor, por la luz de la unidad y la comunión, que nos lanza a buscar a los hombres, desde donde estemos y donde están. Tenemos que salir a su encuentro, pero solo cuando entramos a la tierra de Dios nos dejemos invadir por Él.

4. Empolvemos nuestra vida con la nube de Dios, la que cubre con su sombra y su voz. Dejémonos envolver por el Señor, por sus gustos, por sus tareas, por su pensar, por su ver, por su oír. No busquemos lo que a nosotros nos gusta oír o ver; dejémonos envolver la vida entera por Dios. Déjate empapar por Dios.

5. Escuchemos con atención a Dios. Podemos estar entretenidos, pero se nos llama a la atención; la misma que llevó al buen samaritano a ver al herido en el camino, y provocó una respuesta de misericordia. Seamos como el buen samaritano, que acoge al otro hasta que es curado.

6. Dejémonos invadir por los sentimientos del buen samaritano; estamos llamados a escuchar su modo de pensar, de hacer, sus criterios, su modo de estar atento a las necesidades de los demás.

7. Escuchemos y así vayamos al mundo, bajemos de la montaña. Jesús nos levanta, nos dice «no temáis», y nos invita a ir al mundo, pero no para hacer lo que queremos, sino para anunciar el Evangelio. Da una indicación precisa a los discípulos, y a nosotros. Vamos a ver muchas cosas, dice el Señor, pero no contéis nada hasta que resucite, hasta que tengáis la experiencia del triunfo, que es lo que tenéis que regalar.

En este domingo en el que iniciáis los trabajos no es casualidad que hayamos tenido esta Palabra, escuchada en esta Asamblea formada por la General y su consejo, y tantas hermanas venidas de muchas culturas de nuestro mundo. Dejaos tocar el corazón. Que Dios os anime a salir, a entrar en la tierra del Señor, con su gracia y su fuerza. El Señor os dice la metodología, nos lo entrega en el Evangelio: experimentar la verdadera felicidad, contemplarlo a Él, nos impulsa a anunciarlo. Nos dice: Déjate envolver por mis criterios, mi modo de hacer; experiméntalo desde el carisma que te ha regalado en la Iglesia para el mundo. Salgamos sin miedo, porque el triunfo siempre es de Dios.

Tenemos una tarea que no es de los hombres: fuimos inspirados por el Espíritu para anunciar a Cristo nuestro Señor. Para que experimentemos la cercanía de Dios, y lo anunciemos a los hombres. Hoy podemos decir al Señor: «Tú, Cristo, has mostrado el rostro de Dios. Aunque el camino es oscuro, y por esa oscuridad nos da miedo, Tú eres la luz que nunca se apaga, Tú siempre estás aquí».

En este Consejo General Plenario se dirá algo nuevo sobre la comunión y la misión. Se nos dirá cómo ser testigos del Dios vivo y ser profetas de alegría. Ser profetas no es solo mostrar la alegría, sino anticiparla, mostrarla a los hombres viviéndolo en la Paz de Cristo.

Vamos a recibir al Señor dentro de un momento. Esto significa que no nos reúne ninguna teoría o idea, sino una persona. Tenemos la fe en un Dios que tiene la osadía de hacerse presente ahora, en la Eucaristía, y de entrar en cada uno de nosotros; tengamos también la osadía de decirle: Tú eres el que vives en nosotros, no yo. Él quiere realizar en nosotros y en nuestro mundo muchas cosas; allí donde estamos presentes, quiere darse. Abrámonos a Dios. Pisando Madrid, pisemos la tierra de Dios, pues para Dios no hay tierras extrañas ni extranjeras; en Dios todos somos hijos, y en Dios descubrimos lo que podemos hacer. Que el Señor bendiga vuestro trabajo.

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