En el surco del ayer, la semilla del mañana

Conversión

Created: Monday, 02 January 2012

Era conveniente para aquellos que se consideraban cristianos seguir unos «ejercicios cuaresmales», un sermón dominical, aquí o allá, en algunas iglesias de París. Ana Eugenia escogió «Notre Dame», donde el joven Lacordaire inauguró sus conferencias hacía sólo un año.

La reputación de la elocuencia y de la fe de quien pronto sería el reformador en Francia de los dominicos, había llegado a oídos de la joven. La multitud se apretujaba en la vieja basílica, y era preciso una larga espera para encontrar sitio. Se asistía a Misa de diez y se permanecía hasta la una, hora en que el Padre Lacordaire subía al pulpito.

En esas horas de espera, Ana Eugenia no se detiene en el aspecto superficial de sus preguntas. Expone ante Dios sus interrogaciones, para aquilatar su afán por la verdad. Reza sin saberlo. En aquellos momentos las palabras que oye le parecen dirigidas directamente a ella y responden exactamente a todo lo que esperaba: «Asamblea, ¿qué quieren ustedes de mí? ¿La verdad? —exclama el Padre Lacordaire—, ustedes la buscan, ustedes quieren recibirla... Insectos de un día, perdidos bajo una brizna de hierba, nos agotamos con vanos razonamientos. Nos preguntamos de dónde venimos, adonde vamos; pero, ¿no podemos decirnos?; iOh tú, quienquiera que seas, que nos has hecho, dígnate sacarme de mi duda y de mi miseria! ¿Quién no puede orar así?... "La duda es el comienzo de la fe, como el temor es el principio del amor"». (Ultima conferencia de 1836.)

La verdad desciende en su corazón como la lluvia desciende sobre el retoño; la dulce luz de la aceptación está allí también; la turbación se calma súbitamente. Realmente Ana Eugenia está convertida. Muy poco después escribirá al Padre Lacordaire: Su palabra daba respuesta a todos mis pensamientos. Completaba mi comprensión de las cosas, en fin, me daba una generosidad nueva, una fe que nada le haría ya vacilar. ¡Estaba realmente convertida! En ella habita desde ahora no sólo la fe en Dios sino también el deseo de servirle. La conversión al Dios de Jesucristo conlleva para ella el don total: mi vocación data de «Notre Dame»

Para Ana Eugenia esto es un encuentro con la verdad con Cristo y con su Iglesia, encuentro decisivo que va a orientar toda su vida ya que quiere, en un solo movimiento, adorar a Dios, cuyo amor se le impone y consagrarle toda su vida.

Los meses siguientes están en todo iluminados por esta conversión y por la llamada presentida: Entregar todas mis fuerzas o más bien toda mi debilidad a esta Iglesia que, en adelante, era la única que, a mis ojos poseía aquí abajo el secreto y el poder del Bien.

Pero ¿cómo responder a esto? Ana Eugenia se atreve a superar su timidez y va a buscar a aquél cuya palabra le ha esclarecido tanto. Acude a la casa de la señora de Swetchine, en la calle de «Saint Dominique» donde reside el Padre Lacordaire. Pero Ana Eugenia tiene solo diecinueve años, y la respuesta es de eran sabiduría: «rece y espere»... El Padre Lacordaire le aconseja muchos libros para leer y trabajar: Bonaid Bourdaloue, Joseph de Maistre, toda una literatura contemporánea. El Padre no duda tampoco en hablarle de la vida religiosa en términos que Ana Eugenia no olvidara jamás: es una donación total de sí para los demás, es entregar su voluntad para liberar a aquellos que están todavía encadenados, es una consagración de toda su vida en una relación de amor y con el deseo de seguir a Cristo, de estar estrechamente asociado a su misión de salvación.

RECE y espere. Durante un año Ana Eugenia espera. Por sus lecturas se reafirma en su fe y descubre una Iglesia que no conocía. Toma conciencia del estado de la sociedad, se apasiona por las ideas de Lamennais, de Montalembert y de todo el joven y fogoso equipo de los intelectuales católicos. Trabajar para el advenimiento del Reino de Cristo y por la liberación del hombre según el Evangelio fue su ideal. Yo soñaba en ser un hombre para ser como ellos ampliamente útil, confiesa en sus notas. Para Ana Eugenia la voluntad de Dios es un estado social donde nadie tendría que sufrir... la opresión de los demás.

Al mismo tiempo y de modo subterráneo, la pequeña fuente se convierte en arroyo, la gracia de la primera comunión se despliega. Ana Eugenia profundiza su relación personal con Dios con ese atractivo particular hacia Cristo en la Eucaristía. La familia Foulon vive cerca de Saint Sulpice: Me bastaba, cuenta Ana Eugenia,divisar las puertas de Saint Sulpice para conmoverme hasta derramar lágrimas por el amor extremo de Jesucristo hacia mí y por su presencia en nuestros altares.

El deseo de una consagración total aumenta en Ana Eugenia. Y he aquí que va a tener un encuentro un tanto extraordinario con un hombre no menos extraordinario. Recojo aquí lo que se narra en el libro de nuestros «Orígenes»: «Nuestra Madre nos ha contado con frecuencia que, encontrándose en París con su tía la señora de Foulon, tuvo una noche un sueño muy extraño. Se vio en una grande y bella iglesia que no conocía; una multitud llenaba la nave y en el pulpito se encontraba un sacerdote de aspecto venerable que parecía que la miraba largo tiempo, mientras que una voz interior le decía: He aquí el guía que buscas, el que te enseñará el camino que debes seguir». Ana Eugenia no era supersticiosa, y no prestó ninguna atención a este sueño; pero al día siguiente fueron a verla dos de sus parientes, y la comprometieron para que las acompañara a Saint Eustache para oír a un predicador famoso. Era durante la Cuaresma de 1837. La invitación fue aceptada, pero cómo describir el asombro de la joven cuando reconoció, al entrar en Saint Eustache, la iglesia de su sueño, el altar, el pulpito y al predicador mismo cuyo nombre sólo conoció entonces: el Padre Combalot.

¿Quién era este Padre? Un sacerdote de cuarenta años, orador fogoso, que predicaba sobre el Reino de Dios, de misión en misión a través de toda Francia, y muy conocido entonces. Su fuego interior le proporcionaba palabras abundantes, que conmovían con frecuencia los corazones. Hacía ya doce años que este hombre de Dios, violento y sensible a la vez, quería fundar una congregación que uniera la vida contemplativa más exigente con la obra de la educación. Creía que la regeneración de la sociedad se haría por medio de las mujeres. Ahora bien, si los chicos ya tenían centros escolares y de formación, no había nada semejante para las jóvenes. Nuestro padre buscaba pues una fundadora para crear con él esta obra tan necesaria; sabía ya que esta congregación estaría dedicada a Nuestra Señora de la Asunción.

Pero volvamos a «Saint Eustache». El sermón de ese día no le causó una feliz impresión a Ana Eugenia. Esta predicación, más que entusiasta, del Padre Combalot no le cuadraba a un alma que buscaba la paz, la interioridad. Sin embargo, empujada por una fuerza irresistible, Ana Eugenia vuelve varias veces para oír al predicador. Se decide incluso a ir a su encuentro para hablar de su deseo de hacer algo por Dios. El Padre le recibe con poca amabilidad:

—¿Tiene usted gran devoción a la Virgen?

—No tanta como yo quisiera.

—¡Ah! Entonces, no hay nada que hacer con usted.

Con esta frase, definitiva, ¡le da, sin embargo, una cita para que le visite al día siguiente!

—Venga a verme mañana en el confesionario a las seis y media, antes de la Misa.

Aunque poco satisfecha de esta primera entrevista, Ana Eugenia vuelve a pedir consejo... pero los consejos del Padre no estaban siempre dictados por la razón. La naturaleza ponderada de Ana Eugenia se asusta nuevamente de lo poco razonable y de lo poco mesurado que es este confesor. Decide dejarlo. Cree que debe darle las razones escribiéndole una carta. La carta se la entrega al sacristán, mientras que la señorita de Milleret espera la respuesta en la iglesia. El Padre Combalot sale inmediatamente y hace señas a su penitente para que vaya al confesionario.

—No tiene que dejarme —le dijo el Padre—: Dios quiere que permanezca usted bajo mi dirección... ¡Hay algo en esa carta!... —repetía el Padre, visiblemente impresionado por lo que había leído—. Dios la envía. Dios quiere que siga usted.

Para él, la cuestión es evidente: la señorita de Milleret tiene todas las cualidades de una fundadora: la inteligencia, la fe viva, el celo templado que descubre en ella serán las columnas del instituto que sueña construir. Por su parte, Ana Eugenia está muy inquieta, tiene justo veinte años. ¿Es verdaderamente necesario comprometer toda su vida a Cristo fiándose del impetuoso sacerdote? Y ¿en una obra en la que hay que construirlo todo completamente?

«Reconstruir todo en Cristo, hacer que se le conozca lo mismo que a su Iglesia, extender las fronteras de su reino», estas palabras del Padre despiertan en Ana Eugenia un sentimiento de gracia, pero no puede pensar en una fundación.

Viene después entre los dos futuros fundadores este admirable y breve diálogo, recogido en nuestros «Orígenes», y del que no se sabe cuál de los dos interlocutores es el más grande y el más humilde:

—No conozco la vida religiosa, tengo que aprenderlo todo, soy incapaz de fundar algo en la Iglesia de Dios.

—Jesucristo será el fundador de nuestra Asunción —responde el padre—; nosotros no seremos más que sus instrumentos, y, entre las manos de Dios, los más débiles son los más fuertes.

El consentimiento de Ana Eugenia no fue instantáneo. La lucha continúa... le gustaría entrar en las Hijas de la Caridad para cuidar a los pobres, a los enfermos, pero llora pensando en la tarea que Dios se aventura a confiarle; siente terriblemente el peso entre sus manos, de esta obra.

Ella misma describe esta lucha interior: Lucho contra el Espíritu Santo y trato de rehuirle pero, gracias a Dios, hasta ahora he sido vencida en la lucha; en cuanto me entrego completamente en las manos de Dios siento una paz tan profunda y tan serena que me consuela de todo... Y en otra ocasión: El Espíritu lucha en mí como un águila...

Ya no es ella quien se enfrenta al adversario, es el Espíritu. En efecto, Ana Eugenia pide el sacramento de la Confirmación, y lo recibe el domingo siguiente a la fiesta de Pascua en la capilla del arzobispado, de manos de Monseñor Quelen. Este día es decisivo: Mi vocación se estableció, la Confirmación fue para mí la puerta de una vida nueva.

Así «Notre Dame», centro del París religioso y culto, vio la conversión de Ana Eugenia y su feliz primera llamada. «Saint Eustache», en el corazón del París popular, de los mercados bulliciosos y vivos, vio nacer el proyecto de una fundación determinada y un consentimiento radical a la causa de Dios.

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