En el surco del ayer, la semilla del mañana

El siglo XIX

Created: Saturday, 31 December 2011

De la Monarquía a la III República, pasando por dos Imperios, la Restauración y una corriente liberal que continuará durante todo el siglo. Inestabilidad, esperanzas y decepciones, violencia y romanticismo se mezclan: Chateaubriand y Lamartine, Víctor Hugo y Musset, Bethoven y Chopin.

Es la era de los inventos: del ferrocarril, del telégrafo, del gramófono, de la luz eléctrica y del automóvil. La torre Eiffel se alza altivamente. El descubrimiento de la maquina de vapor acelera el desarrollo de la industria. Se abre una fosa entre las clases sociales, terreno muy favorable para el capital de Marx; va naciendo una revolución social lenta y dolorosa. Se desarrolla el trabajo de las mujeres y de los niños en todos los oficios y surgen los primeros sindicatos cristianos. Se produce el divorcio entre ciencia y fe. Y, sin embargo, hay grades sabios cristianos: Ampère, Pasteur, Laënec...

La Iglesia en este siglo XIX es un blanco de los ataques conjuntos del ateísmo y de la revolución, del materialismo y del humanismo ateo. Voltaire y Rousseau dejan huella todavía en muchos ambientes. El miedo lleva a una gran parte del mundo católico a replegarse sobre sí mismo, fríamente, y a rechazar todo ideal de justicia social. Pero surgen algunos profetas que, siguiendo a Lamennais, permanecen  en los primeros puestos de la Iglesia. Dios prepara testigos fuera de serie, fuera de norma, inesperados para hacer frente a este extraordinario desorden de nuestros dos últimos siglos. De ahí una Iglesia cargada de barro, herida por haber perdido sus privilegios, pero una Iglesia viva, nuevamente fecunda. Fundadora de órdenes o reformadores, ya que es también el siglo de la vida religiosa: Lacordaire, Emmanuel d'Alzon, Marie Thérèse Soubiran, Euphrasie Pelletier, para no nombrar más que algunos; el siglo de la misión con Mère Javouhey; del compromiso social cristiano de importantes seglares: Montalembert, Frédéric Ozamam. De la persecución, pero también del reconocimiento oficial de numerosos institutos. De las leyes difíciles, aunque luego favorables para la enseñanza católica. Un siglo de santos que resplandecen y santos cuya gloria está oculta: Jeanne Jugan, el cura de Ars, Teresa del niño Jesús. Convertidos como Newman. Monseñor Affre, Arzobispo de París, muere en las barricadas.

La palabra oral y escrita se ofrece para ser escuchada y para ser leída: las conferencias cuaresmales de "Notre Dame", inauguradas por Lacordaire, continúan a lo largo del siglo. La prensa saca a la luz grandes diarios como L'Avenir, L'Univers y, más tarde, La Croix.

Seis papas soportan largos años de carga; el poder temporal les es arrebatado, dejan de ser príncipes temporales. El Concilio Vaticano I y la infalibilidad del Papa marcan el final del siglo, así como también la primera gran encíclica social.

La renovación litúrgica de Dom Guéranger sustenta todo esto como un arbotante. La liturgia, inseparable compañera de todo despertar de la Iglesia, fue la última flor de este gran siglo bendecido por Dios; así el mundo estuvo, en este tiempo, no obstante difícil, un poco más unido a Él.

En este siglo tienen lugar las dos más importantes apariciones de la Virgen María en la tierra de Francia, una en París y otra en Lourdes. 


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