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Fundadora

 

viñeta Sus primeros pasos en la vida religiosa
viñeta El primer encuentro con el Padre d'Alzon
viñeta Las primeras hermanas
bullet Joséphine de Commarque
bullet Anastasio Bévier
bullet Catherine 0'Neil
viñeta La fundación de la Asunción
viñeta El primer colegio

Sus primeros pasos en la vida religiosa

EN julio de 1837, Ana Eugenia va a Lorena, donde no había vuelto desde la muerte de su madre. Familia y amigos la agasajan, la atienden. Todos quieren ver a la niña pequeña convertida ya en una joven.

Las impresiones se mezclan en Ana Eugenia: el recuerdo de su infancia, el entorno incrédulo, la situación de bancarrota de su padre. Extrae de todo esto, como siempre, reflexiones y enseñanzas. Las encontramos en sus cartas al Padre Combalot.

El 15 de agosto de 1838 traspasa las verjas del convento de la Visitación: He sentido una verdadera alegría al entrar aquí en la casa de Dios. Las salesas acogieron calurosamente a esta postulante destinada a fundar otra congregación; le enseñan los fundamentos de la vida religiosa y monástica, los pequeños detalles de un amor que se vive día tras día y se celebra de Hora en Hora. Ana Eugenia saborea el encuentro con Dios en el silencio de su celda, el silencio de la noche, la oración, y también la alegría exuberante de los «recreos» comunitarios, en los que su buen humor y su jovialidad están registrados en los archivos de la Visitación.

Hay que decir que el espíritu de San Francisco de Sales sigue vivo allí; espíritu de amor fraterno y de sencillez, de rectitud y de bondad que la fundadora transmitirá después, con entusiasmo, a la nueva congregación. María Eugenia citará con frecuencia a San Francisco de Sales y a Santa Juana de Chantal, como maestros de oración y santos llenos de amenidad, que han abierto una corriente espiritual de humildad, de dulzura y de amor, una teología que reconcilia al hombre con Dios por la Encarnación de Cristo.

Ana Eugenia trabaja con entusiasmo, según un programa de estudio establecido por el Padre Combalot: La Sagrada Escritura, que ella prefería a todos los otros libros; cita con frecuencia a San Pablo, que le gustaría que fuera uno de los patronos especiales de la Asunción, por los tesoros de la ciencia de Jesucristo que en él se encuentran; el Dogma en donde Santo Tomás de Aquino tiene puesto preferente; San Alfonso de Ligorio, que es su maestro de Teología Moral; obras de espiritualidad, como las de Santa Teresa de Jesús o las de San Agustín; en resumen, toda la Tradición de la Iglesia; finalmente idiomas: dos horas de alemán, una hora de inglés y otro tanto de latín todos los días. No es nada extraño que Ana Eugenia se queje afablemente de falta de tiempo.

Y, sin embargo, la joven futura fundadora no carece de interés por las grandes causas del hombre, de la sociedad, de la Iglesia, siguiendo la evolución y las necesidades; entrevé entonces las eventuales respuestas que hay que dar. Escribe: La educación religiosa, al ser una necesidad de los tiempos actuales, nos ha parecido que esta nueva familia debería consagrarse a ello y tratar de introducir todos los nuevos métodos de estudio, todos los gérmenes católicos, todo el movimiento efectuado en ese sentido.

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El primer encuentro con el Padre d'Alzon 

En el transcurso del noviciado, se han dispuesto diversos encuentros. Uno de ellos tiene carácter único; es el que se celebra con el Padre d'Alzon, en Chatenay, en la casa de la madre del Padre Combalot. En esta vasta propiedad, por primera vez, los caminos se cruzan, o más bien dos senderos que pronto se convertirán en uno solo. A pesar de su juventud, el Padre d'Alzon es ya Vicario general de Nímes. Predicador estimado, perteneció a la escuela de Lamennais; espera con con-fianza la «regeneración espiritual» de Francia y desea consagrar a ello su vida sacerdotal. La obra vislumbrada del nuevo instituto suscita en él el más vivo interés. De veintinueve años de edad, se admira de esta joven de apenas veintidós años, y que se expresa con tanta claridad teológica, modestia espiritual y belleza interior.

Más tarde, recordando cada uno ese primer momento de su relación, escribirán: Ella: No tuvimos mucho tiempo de conversación a solas... en ese rato tan fugaz, sentí por él gran estima y confianza.

El: tuve posibilidad de una corta conversación muy seria, que me confirmó que había en ella madera de fundadora.

No obstante, dirigiéndose hacia el padre Combalot, del que conocía bien su mal carácter, le manifestó que sólo veía un obstáculo para su obra:

-¿Cuál?

—¡Usted mismo, mi querido amigo!

El futuro mostrará la realidad de esta afirmación. Pero, mientras tanto, nuestra gran misionera sigue su camino.

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Las primeras hermanas

MIENTRAS que María Eugenia se forma y se identifica poco a poco con Jesucristo en el noviciado de la Visitación, el Padre Combalot, entre sermón y sermón se dedica, con asiduidad y según su estilo, en convocar a jóvenes para la obra que quiere fundar. Sus múltiples desplazamientos le dan ocasión para ello.

Joséphine de Commarque

En septiembre de 1838 predica en Sarlat, en el Périgord, un retiro sacerdotal. A todo su auditorio, y al mismo obispo, les pone al corriente de la «obra de la Asunción». Ahora bien, en la casa solariega de la Bourlie, a unas horas a caballo de Sarlat, una familia numerosa y muy cristiana influye sobre la comarca. Joséphine, una de las hijas, expresa el deseo de entrar en el Carmelo. Sus padres se oponen, a pesar de sus veintisiete años, a causa de su frágil salud. El Padre Combalot se entera y, sin pensar más, le envía un mensaje urgente: que vaya sin tardar a Sarlat, donde tiene que comunicarle cosas muy importantes. En Sarlat, una segunda carta espera a Joséphine. Le expone el plan de la obra: las religiosas de la Asunción se proponen «unificar todas las ciencias para el conocimiento y el amor de Jesucristo», se consagran «a la educación y a la instrucción de las jóvenes». Esta congregación debe unir la vida contemplativa al trabajo apostólico. El padre concluye su misiva con una deducción, según él, sin réplica: «Me parece que, en los tiempos en que estamos, usted dará más gloria a Dios y a la Iglesia en una congregación que unirá la vida contemplativa a un verdadero apostolado, que la que le daría en una orden exclusivamente contemplativa».

Joséphine de Commarque no sabe bien qué pensar acerca de esta proposición. Antes de visitar al Padre Combalot, quiere que le aconsejenl. Se informa:

—¿Esta obra tiene ya muchas religiosas?

—iOh! ¡Creo que muchas! ¡Quizá dos mil!

Porque el predicador ha alabado tanto su obra a sus ejercitantes que todos la creen no solamente iniciada, sino en plena prosperidad.

Persuadida de encontrar la nueva congregación tal como se la han presentado, la joven acude a la cita fijada por el Padre Combalot. Se inicia una conversación. «Fue entonces solamente, confiesa Joséphine, cuando comprendí que no había nada iniciado y que la señorita Eugenia era la única religiosa que tenía a la vista. La cifra de dos mil disminuyó bastante, pero eso no quebrantó mi confianza. Sentía que la Providencia me llevaba de la mano y me conducía.»

El Padre Combalot pone inmediatamente en relación a la señorita de Commarque con la señorita de Milleret, que es, no lo olvidemos, una novicia de dos meses. Empieza entonces, entre las dos jóvenes, una correspondencia que unirá para siempre a Ana Eugenia y a la que ella llamará mi primera hermana. Correspondencia en la que la futura fundadora podrá, a través de los meses, ampliar y afinar su pensamiento, sus ideas, el querido proyecto religioso y educativo, mientras que de su compañera le llegaba un eco entusiasta, inteligente y lleno de fe, afectuoso y espontáneo también: «la estimo como si la hubiera conocido desde siempre».

La fundación está cerca. Eugenia deja, con gran sentimiento, la «Cote Saint André» el 15 de abril de 1839. Pero, iay!, el señor y la señora de Commarque oyen hablar a sus amigos de la alta sociedad que el padre Combalot es «un hombre emprendedor sin ninguna prudencia, muy exaltado y nada práctico... corazón excelente y cabeza volcánica». Por su parte Joséphine se asusta por su falta de preparación, por su escasa cultura general, y empieza a pensar que no tiene ningún don y que no aportará nada... Estas reflexiones le restan toda fuerza para luchar contra las aprensiones de sus padres. Y es así como Joséphine, «la primera», no entrará sino después de otras muchas, ya lo veremos, pero continuará presente en el corazón de Ana Eugenia y de la primera pequeña comunidad, a través de sus cartas frecuentes e interesadas hacia la obra. Será una piedra preciosa en la reciente Asunción: Sor Marie Thérése preparará la fundación de Sedán, será enfermera y consejera de la Madre María Eugenia.

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Anastasio Bévier

Anastasio Bévier, por el contrario, hará un rápido recorrido, de acuerdo con un temperamento de carácter desigual. Normanda, huérfana desde pequeña, pasó su infancia en un internado seglar, en donde se apasionó por los estudios. Cosa rara en aquella época, se presentó a exámenes universitarios y los aprobó con gran éxito. Su clara inteligencia, viva y crítica, la llevó a descubrir el espíritu parcial y tendencioso de los manuales escolares destinados a los alumnos o a los estudiantes de la época. A ella se le plantea crudamente el problema con el que Ana Eugenia se había enfrentado a la misma edad: el problema de la fe personal deliberadamente aceptada.

Un día, de repente, andando por la calle, al final de una de sus largas reflexiones, se le presentó como cierta la existencia de Cristo. Anastasia cree. Se siente fascinada. Ella misma reconoce que es el momento más hermoso de su vida. Desde entonces, su determinación está tomada irrevocablemente: se consagrará a la enseñanza, pero a una enseñanza decididamente cristiana, completamente orientada hacia la educación de la fe de los jóvenes. Las congregaciones de enseñanza no faltan. ¿Cuál de ellas escoger?

En la iglesia de los Carmelitas encuentra a Combalot. Más tarde, Anastasio, convertida en Sor Marie Agustine, maestra general de los internados que se fueron sucediendo, establecerá un programa de estudio, redactará nuevos manuales de enseñanza, en la educadora que permite que la fe se incorpore a la educación y que ésta se deje impregnar por la fe.

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Catherine 0'Neil

Es hora ya de nombrar a Catherine 0'Neil, joven irlandesa de una familia de príncipes, de poetas y de santos, tenía las cualidades y defectos de su raza. Kate tiene una personalidad especialmente viva . Su hermana Marianne la sigue paso a paso. Una y otra no se habían separado desde la muerte de la madre. Kate, al igual que Ana Eugenia, ha oído una llamada del Señor en su primera comunión, el 25 de diciembre de 1827. Las dos hermanas llevan con alegría la vida de las jóvenes de su edad; les gusta el baile, arreglarse y las reuniones festivas. Independiente, Kate mantiene grandes ambiciones que trata de elevarlas hacia una cumbre de santidad. Pero este ambiente tan superficial distrae un poco su alma, y es consciente de ello. De hecho, era un caballo de raza, todavía salvaje y que solamente el Señor de los Señores podría domar. Kate, que acaba de leer la Corine, de Madame de Stael, induce a su hermana mayor a intentar con ella la aventura de un viaje: París-Roma. En enero de 1838, las dos irlandesas se instalan en la Abadía «Aux Bois», centro cultural y monástico al mismo tiempo. Tienen su pequeño apartamento personal. Kate hizo que la siguieran «sus amigos más queridos», es decir sus libros; entre ellos, muchas novelas frívolas. La duda de una vocación religiosa posible le inspira a la vez atractivo y repulsión. Más que nada, se aterra enérgicamente a renunciar a su independencia, y sin embargo, se aterra también misteriosamente a renunciar a su vocación.

Llega la Cuaresma de 1839. Las dos hermanas acompañan a una señora a Saint Sulpice, para escuchar los sermones que allí se predican. Les gustó muy poco el verbo torrencial del orador. ¡Se adivina de quién se trata! Atrae cada vez más a las multitudes. Seis mil personas hay allí para oírle y cada sermón es una especie de drama. Uno de los domingos, el predicador habló, con entusiasmo, de la necesidad siempre actual de las órdenes religiosas en Francia. Kate dedujo que ese sacerdote, al menos la tomaría en seno si le hablaba de su deseo de vida religiosa. 23 de marzo, decide ir a pedir el consejo que espera. El padre no la había visto jamás; sabe únicamente que esta joven extranjera había pensado en la vida religiosa. Sin embargo, categórico, afirma a la joven-

—Dios la quiere, usted debe ser religiosa, Dios la quiere para una obra que yo debo fundar

Kate evidentemente replica, el Padre no se rinde:

—¿Cual es esa obra?

—La educación.

—iYo no quiero!

—Usted no comprende que es a través de la mujer como se regenera una sociedad. Ahora bien a las jóvenes se les proporciona sólo prácticas de piedad. No se les enseña a relacionarlo todo con Jesucristo, a restaurar todo en Jesucristo. Hija mía, le contesta el Padre Cómbalo! es inútil que se empeñe en dar más y más vueltas; la voluntad de Dios, es preciso que la cumpla. Esto se hará.

Esto se hizo, en efecto, como veremos más tarde;es  necesario decir que este camino difícil, para una naturaleza no menos difícil, preparaba para la Asunción a la que será la cofundadora, la más cercana a María Eugenia, su Asistenta, Mere Thérése Emmanuel, maestra de novicias desde la fundación del noviciado hasta su muerte en 1888.    

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La fundación de la Asunción

ES la tarde del 30 de abril de 1839. La Iglesia celebra ese día la fiesta de Santa Catalina de Siena, terciaria seglar dominical; pero esa tarde, ya las campanas de la capital tocan anunciando el mes de María. La pesada fachada de la iglesia de «Saint Sulpice» (una de las más grandes y más típicas parroquias de París), la gran fuente de la plaza y, a la derecha, una calle muy pequeña que conduce al jardín de Luxemburgo, es la calle Férou. Ana María Eugenia Milleret y Anastasio Bévier se reúnen en un pequeño apartamento del número 15 de la calle. Una tiene veintiún años y la otra veintidós. Madame Olivier, una virtuosa viuda, amiga del Padre Cómbalo!, protege con su nombre y con su edad a esta primera y pequeña «Comunidad», alquilando para ella esta exiguo apartamento.

Aquí hay mucha pobreza, en efecto; falta todo. Duermen sobre jergones de paja; el mobiliario está reducido a lo estrictamente necesario; la comida es extremada-mente pobre. Allí se inicia una vida en todo conforme a las reglas conventuales.

No son más que dos... y, sin embargo, en esa tarde en que la luz de mayo desciende sobre la ciudad, ¡la Asunción está fundada! De año en año, María Eugenia celebrará este aniversario como el de la fundación de la congregación, recordando en ese día la sorprendente acción divina.

Nuestra congregación ha tenido unos comienzos tan endebles, tan impotentes y tan poco adecuados al bien que ha querido Dios obtener de ella que no nos atreveríamos a contarlo de ninguna forma, si no fuera precisamente para poner de relieve que por la ausencia de toda fuerza y de toda sabiduría humana es por lo que las obras se muestran más verdaderamente de Dios.

Esta desproporción es la que nos hace ver y creer en nuestro Creador, en Aquél, Cristo Jesús, que ha querido de nosotros solamente una total dependencia amorosa hacia su persona.

Pero abramos la puerta de este apartamento. Ya está allí una tercera joven, Joséphine Nerón, amiga de infancia de Ana Eugenia, de su misma edad, muy dotada para la música. Su salud le impedirá soportar las fatigas de la vida en comunidad. Apenas permanecerá un año.

La vida religiosa empieza realmente por el toque de campana: se reza, se estudia, se lleva en el corazón el gran proyecto, se atiende a los cuidados de la casa. Las ocupaciones, el Oficio, el silencio, la lectura espiritual, la oración están indicados en un cartel, y así se puede sentir la alegría de hacer en cada momento lo que le agrada a Dios. Se dejan guiar por el Padre Combalot, se habitúan a la obediencia. El sacerdote establece un programa de estudios e imparte una enseñanza sólida. Tiene ciertamente un gran espíritu de fe, un ardiente amor a la Iglesia y a la Virgen María. Sin embargo, violento y caprichoso, inconstante y más bien dominante, extrema el ritmo de sus exigencias.

María Eugenia contará, muchos años después: el Padre Combalot cambiaba de idea cada quince días con respecto a todo. Pero, añade María Eugenia, fue exactamente así como Jesucristo ha formado y ha fundado la insignificante y nueva congregación, grabando en ella para siempre la locura de la obediencia, es decir de la fe, de preferir a Dios antes que cualquier otra cosa. Si la Asunción existe es porque las primeras hermanas obedecieron sencillamente y sin discutir a una dirección, que, reconozco, con frecuencia no era nada razonable.

Sin embargo, hay que decirlo, las «Notas íntimas» de María Eugenia nos descubren que lloró mucho durante los primeros meses de la fundación.

Esta puerta que hemos entreabierto, muchos amigos la atraviesan, bienhechores que ayudan pero que vienen también a beber en la pequeña fuente que empieza a brotar en el corazón de París. Muchas jóvenes también penetran por esta puerta, atraídas por la vida religiosa de un estilo nuevo, humilde y audaz. Podemos destacar el nombre de Henriette Halez, cuya dolorosa historia se cuenta también en nuestros «Orígenes»; habiendo perdido rápidamente al padre y a la madre, fue educada por un abuelo que se suicida ante sus ojos. Un tutor tosco toma el relevo de su educación. Henriette vive en la calle Férou y tuvo la suerte de conocer a la comunidad. Entrará al alcanzar la mayoría de edad para alegría de todas, y la que se llamará Sor Marie Joséphe morirá algunos años después, arrebatada por la tuberculosis. Esta será la primera de una larga serie de jóvenes y santas hermanas que se nos fueron muy pronto para unirse con el Señor.

A finales de julio, la pequeña comunidad aumenta y el cansancio de María Eugenia también; deciden alquilar una casita bien aireada en Meudon, para el verano, en el número 12 de la calle «des Fierres».

Allí es donde Catherine 0'Neil se entrega definitivamente a Dios y a la Asunción el 5 de agosto en la fiesta de Nuestra Señora de las Nieves. Allí es también, el 5 de octubre, en donde Joséphine de Commarque, la primera, se une, por fin, a su querida comunidad.

Una anécdota, contada por la misma Joséphine a su llegada, describe bien el espíritu de pobreza de las primeras hermanas: se trata de Anastasio que, a la vuelta de la estación para recibir a Joséphine, se cae sobre una hojalata, se hiere en la rodilla y exclama: «i0h! ¡qué suerte! ¡Sólo se ha dañado mi pierna, mi traje no se ha roto!». El buen humor del relato expuesto relativiza la reacción, pero el fondo permanece. La pobreza será una norma continua de la naciente congregación, de la que se podrán contar todavía muchas peripecias en el curso de las diversas «estaciones» a las que irán las hermanas.

Después de estos tres meses, en los que la comunidad ha crecido mucho, gracias a Dios, permanecerán la calle Férou mientras encuentran un alojamiento mayor.

En el momento de abandonar este lugar único en el que nació nuestra congregación, recordemos una conversación real de María Eugenia durante uno de estos aniversarios, en que se celebraba alegremente el recuerdo de la fundación; se trata del de 1884:

Al volver sobre aquellos primeros días, y al observar todo lo que el Señor ha hecho por nosotras, me emociona una idea que siento necesidad de exponer; en nuestra obra, todo es de Jesucristo, todo es por Jesucristo, todo debe ser para Jesucristo... Empezamos en un pobre ^ pequeño apartamento, luego en casas alquiladas. Éramos unas pobres jóvenes sin un lugar en la tierra. Dios nos lo dio todo: las casas, las hermanas, ¡todo viene de El, todo es pues de El y debe volver a Él! Sí, ciertamente, Jesucristo fue «el fundador de nuestra Asunción..., y en las manos de Dios los más débiles son los más fuertes»

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El Primer colegio 

TOMEMOS la calle «Férou» hacia Luxemburgo, estamos en la calle de «Vaugirard», unos cientos de metros más lejos, a la derecha \ «una casita bastante grande entre un patio y un jardín, uno y otro muy pequeños» pero suficientes para la joven comunidad que no tenía más que un único deseo: poseer una capilla con el Santísimo Sacramento. La casa vecina más cercana es un gran monasterio de la Visitación, que hoy día continúa allí, lo que no dejó de confortar a la antigua novicia de la «Cote Saint André».

Aquí, durante tres años, numerosos acontecimientos se sucederán, felices y desgraciados. La pequeña comunidad se fortifica, y la visión de la fundadora se concreta, pero las pruebas continuarán y las ayudas le van faltando poco a poco. Siempre en la oscuridad y la prueba, en las alegrías cotidianas es donde la obra hunde sus pequeñas raíces en la tierra de la Iglesia. Veamos, pues, los detalles de nuestros primeros pasos.

En estas primeras semanas, se prepara con esmero la futura capilla, donde pronto habitará el Señor. Una sencilla habitación en el piso de arriba de la casa fue cubierta con un papel muy modesto que, sin embargo, parecía magnífico, según cuentan los «Orígenes»; un altar de madera corriente y «encima del altar se abre una ventana en ojiva, en la que papeles de diferentes colores ¡simulaban una vidriera!».

La primera Misa fue celebrada por el Padre Combalot, el 9 de noviembre de este año de 1839, muy emotivamente. «El Señor toma posesión de la Asunción». La piedra angular, el Dueño de la casa va a quedarse.

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