EN julio de 1837, Ana Eugenia
va a Lorena, donde no había vuelto desde la muerte de su madre.
Familia y amigos la agasajan, la atienden. Todos quieren ver a
la niña pequeña convertida ya en una joven.
Las impresiones se mezclan en
Ana Eugenia: el recuerdo de su infancia, el entorno incrédulo,
la situación de bancarrota de su padre. Extrae de todo esto,
como siempre, reflexiones y enseñanzas. Las encontramos en sus
cartas al Padre Combalot.
El 15 de agosto de 1838
traspasa las verjas del convento de la Visitación: He sentido
una verdadera alegría al entrar aquí en la casa de Dios. Las
salesas acogieron calurosamente a esta postulante destinada a
fundar otra congregación; le enseñan los fundamentos de la vida
religiosa y monástica, los pequeños detalles de un amor que se
vive día tras día y se celebra de Hora en Hora. Ana Eugenia
saborea el encuentro con Dios en el silencio de su celda, el
silencio de la noche, la oración, y también la alegría
exuberante de los «recreos» comunitarios, en los que su buen
humor y su jovialidad están registrados en los archivos de la
Visitación.
Hay que decir que el espíritu
de San Francisco de Sales sigue vivo allí; espíritu de amor
fraterno y de sencillez, de rectitud y de bondad que la
fundadora transmitirá después, con entusiasmo, a la nueva
congregación. María Eugenia citará con frecuencia a San
Francisco de Sales y a Santa Juana de Chantal, como maestros de
oración y santos llenos de amenidad, que han abierto una
corriente espiritual de humildad, de dulzura y de amor, una
teología que reconcilia al hombre con Dios por la Encarnación de
Cristo.
Ana Eugenia trabaja con
entusiasmo, según un programa de estudio establecido por el
Padre Combalot: La Sagrada Escritura, que ella prefería a todos
los otros libros; cita con frecuencia a San Pablo, que le
gustaría que fuera uno de los patronos especiales de la
Asunción, por los tesoros de la ciencia de Jesucristo que en él
se encuentran; el Dogma en donde Santo Tomás de Aquino tiene
puesto preferente; San Alfonso de Ligorio, que es su maestro de
Teología Moral; obras de espiritualidad, como las de Santa
Teresa de Jesús o las de San Agustín; en resumen, toda la
Tradición de la Iglesia; finalmente idiomas: dos horas de
alemán, una hora de inglés y otro tanto de latín todos los días.
No es nada extraño que Ana Eugenia se queje afablemente de falta
de tiempo.
Y, sin embargo, la joven futura
fundadora no carece de interés por las grandes causas del
hombre, de la sociedad, de la Iglesia, siguiendo la evolución y
las necesidades; entrevé entonces las eventuales respuestas que
hay que dar. Escribe:
La educación religiosa, al ser una necesidad de los tiempos
actuales, nos ha parecido que esta nueva familia debería
consagrarse a ello y tratar de introducir todos los nuevos
métodos de estudio, todos los gérmenes católicos, todo el
movimiento efectuado en ese sentido.

En el transcurso del noviciado,
se han dispuesto diversos encuentros. Uno de ellos tiene
carácter único; es el que se celebra con el Padre d'Alzon, en
Chatenay, en la casa de la madre del Padre Combalot. En esta
vasta propiedad, por primera vez, los caminos se cruzan, o más
bien dos senderos que pronto se convertirán en uno solo. A pesar
de su juventud, el Padre d'Alzon es ya Vicario general de Nímes.
Predicador estimado, perteneció a la escuela de Lamennais;
espera con con-fianza la «regeneración espiritual» de Francia y
desea consagrar a ello su vida sacerdotal. La obra vislumbrada
del nuevo instituto suscita en él el más vivo interés. De
veintinueve años de edad, se admira de esta joven de apenas
veintidós años, y que se expresa con tanta claridad teológica,
modestia espiritual y belleza interior.
Más tarde, recordando cada uno
ese primer momento de su relación, escribirán: Ella: No
tuvimos mucho tiempo de conversación a solas... en ese rato tan
fugaz, sentí por él gran estima y confianza.
El: tuve posibilidad de una
corta conversación muy seria, que me confirmó que había en ella
madera de fundadora.
No obstante, dirigiéndose hacia
el padre Combalot, del que conocía bien su mal carácter, le
manifestó que sólo veía un obstáculo para su obra:
-¿Cuál?
—¡Usted mismo, mi querido
amigo!
El futuro mostrará la realidad
de esta afirmación. Pero, mientras tanto, nuestra gran misionera
sigue su camino.

MIENTRAS que María Eugenia se
forma y se identifica poco a poco con Jesucristo en el noviciado
de la Visitación, el Padre Combalot, entre sermón y sermón se
dedica, con asiduidad y según su estilo, en convocar a jóvenes
para la obra que quiere fundar. Sus múltiples desplazamientos le
dan ocasión para ello.
En septiembre de 1838 predica
en Sarlat, en el Périgord, un retiro sacerdotal. A todo su
auditorio, y al mismo obispo, les pone al corriente de la «obra
de la Asunción». Ahora bien, en la casa solariega de la Bourlie,
a unas horas a caballo de Sarlat, una familia numerosa y muy
cristiana influye sobre la comarca. Joséphine, una de las hijas,
expresa el deseo de entrar en el Carmelo. Sus padres se oponen,
a pesar de sus veintisiete años, a causa de su frágil salud. El
Padre Combalot se entera y, sin pensar más, le envía un mensaje
urgente: que vaya sin tardar a Sarlat, donde tiene que
comunicarle cosas muy importantes. En Sarlat, una segunda carta
espera a Joséphine. Le expone el plan de la obra: las religiosas
de la Asunción se proponen «unificar todas las ciencias para el
conocimiento y el amor de Jesucristo», se consagran «a la
educación y a la instrucción de las jóvenes». Esta congregación
debe unir la vida contemplativa al trabajo apostólico. El padre
concluye su misiva con una deducción, según él, sin réplica: «Me
parece que, en los tiempos en que estamos, usted dará más gloria
a Dios y a la Iglesia en una congregación que unirá la vida
contemplativa a un verdadero apostolado, que la que le daría en
una orden exclusivamente contemplativa».
Joséphine de Commarque no sabe
bien qué pensar acerca de esta proposición. Antes de visitar al
Padre Combalot, quiere que le aconsejenl. Se informa:
—¿Esta obra tiene ya muchas
religiosas?
—iOh! ¡Creo que muchas! ¡Quizá
dos mil!
Porque el predicador ha alabado
tanto su obra a sus ejercitantes que todos la creen no solamente
iniciada, sino en plena prosperidad.
Persuadida de encontrar la
nueva congregación tal como se la han presentado, la joven acude
a la cita fijada por el Padre Combalot. Se inicia una
conversación. «Fue entonces solamente, confiesa Joséphine,
cuando comprendí que no había nada iniciado y que la señorita
Eugenia era la única religiosa que tenía a la vista. La cifra de
dos mil disminuyó bastante, pero eso no quebrantó mi confianza.
Sentía que la Providencia me llevaba de la mano y me conducía.»
El Padre Combalot pone
inmediatamente en relación a la señorita de Commarque con la
señorita de Milleret, que es, no lo olvidemos, una novicia de
dos meses. Empieza entonces, entre las dos jóvenes, una
correspondencia que unirá para siempre a Ana Eugenia y a la que
ella llamará mi primera hermana. Correspondencia en la que la
futura fundadora podrá, a través de los meses, ampliar y afinar
su pensamiento, sus ideas, el querido proyecto religioso y
educativo, mientras que de su compañera le llegaba un eco
entusiasta, inteligente y lleno de fe, afectuoso y espontáneo
también: «la estimo como si la hubiera conocido desde siempre».
La fundación está cerca.
Eugenia deja, con gran sentimiento, la «Cote Saint André» el 15
de abril de 1839. Pero, iay!, el señor y la señora de Commarque
oyen hablar a sus amigos de la alta sociedad que el padre
Combalot es «un hombre emprendedor sin ninguna prudencia, muy
exaltado y nada práctico... corazón excelente y cabeza
volcánica». Por su parte Joséphine se asusta por su falta de
preparación, por su escasa cultura general, y empieza a pensar
que no tiene ningún don y que no aportará nada... Estas
reflexiones le restan toda fuerza para luchar contra las
aprensiones de sus padres. Y es así como Joséphine, «la
primera», no entrará sino después de otras muchas, ya lo
veremos, pero continuará presente en el corazón de Ana Eugenia y
de la primera pequeña comunidad, a través de sus cartas
frecuentes e interesadas hacia la obra. Será una piedra preciosa
en la reciente Asunción: Sor Marie Thérése preparará la
fundación de Sedán, será enfermera y consejera de la Madre María
Eugenia.

Anastasio Bévier, por el
contrario, hará un rápido recorrido, de acuerdo con un
temperamento de carácter desigual. Normanda, huérfana desde
pequeña, pasó su infancia en un internado seglar, en donde se
apasionó por los estudios. Cosa rara en aquella época, se
presentó a exámenes universitarios y los aprobó con gran éxito.
Su clara inteligencia, viva y crítica, la llevó a descubrir el
espíritu parcial y tendencioso de los manuales escolares
destinados a los alumnos o a los estudiantes de la época. A ella
se le plantea crudamente el problema con el que Ana Eugenia se
había enfrentado a la misma edad: el problema de la fe personal
deliberadamente aceptada.
Un día, de repente, andando por
la calle, al final de una de sus largas reflexiones, se le
presentó como cierta la existencia de Cristo. Anastasia cree. Se
siente fascinada. Ella misma reconoce que es el momento más
hermoso de su vida. Desde entonces, su determinación está tomada
irrevocablemente: se consagrará a la enseñanza, pero a una
enseñanza decididamente cristiana, completamente orientada hacia
la educación de la fe de los jóvenes. Las congregaciones de
enseñanza no faltan. ¿Cuál de ellas escoger?
En la iglesia de los Carmelitas
encuentra a Combalot. Más tarde, Anastasio, convertida en Sor
Marie Agustine, maestra general de los internados que se fueron
sucediendo, establecerá un programa de estudio, redactará nuevos
manuales de enseñanza, en la educadora que permite que la fe se
incorpore a la educación y que ésta se deje impregnar por la fe.

Es hora ya de nombrar a
Catherine 0'Neil, joven irlandesa de una familia de príncipes,
de poetas y de santos, tenía las cualidades y defectos de su
raza. Kate tiene una personalidad especialmente viva . Su
hermana Marianne la sigue paso a paso. Una y otra no se habían
separado desde la muerte de la madre. Kate, al igual que Ana
Eugenia, ha oído una llamada del Señor en su primera comunión,
el 25 de diciembre de 1827. Las dos hermanas llevan con alegría
la vida de las jóvenes de su edad; les gusta el baile,
arreglarse y las reuniones festivas. Independiente, Kate
mantiene grandes ambiciones que trata de elevarlas hacia una
cumbre de santidad. Pero este ambiente tan superficial distrae
un poco su alma, y es consciente de ello. De hecho, era un
caballo de raza, todavía salvaje y que solamente el Señor de los
Señores podría domar. Kate, que acaba de leer la Corine, de
Madame de Stael, induce a su hermana mayor a intentar con ella
la aventura de un viaje: París-Roma. En enero de 1838, las dos
irlandesas se instalan en la Abadía «Aux Bois», centro cultural
y monástico al mismo tiempo. Tienen su pequeño apartamento
personal. Kate hizo que la siguieran «sus amigos más queridos»,
es decir sus libros; entre ellos, muchas novelas frívolas. La
duda de una vocación religiosa posible le inspira a la vez
atractivo y repulsión. Más que nada, se aterra enérgicamente a
renunciar a su independencia, y sin embargo, se aterra también
misteriosamente a renunciar a su vocación.
Llega la Cuaresma de 1839. Las
dos hermanas acompañan a una señora a Saint Sulpice, para
escuchar los sermones que allí se predican. Les gustó muy poco
el verbo torrencial del orador. ¡Se adivina de quién se trata!
Atrae cada vez más a las multitudes. Seis mil personas hay allí
para oírle y cada sermón es una especie de drama. Uno de los
domingos, el predicador habló, con entusiasmo, de la necesidad
siempre actual de las órdenes religiosas en Francia. Kate dedujo
que ese sacerdote, al menos la tomaría en seno si le hablaba de
su deseo de vida religiosa. 23 de marzo, decide ir a pedir el
consejo que espera. El padre no la había visto jamás; sabe
únicamente que esta joven extranjera había pensado en la vida
religiosa. Sin embargo, categórico, afirma a la joven-
—Dios la quiere, usted debe ser
religiosa, Dios la quiere para una obra que yo debo fundar
Kate evidentemente replica, el
Padre no se rinde:
—¿Cual es esa obra?
—La educación.
—iYo no quiero!
—Usted no comprende que es a
través de la mujer como se regenera una sociedad. Ahora bien a
las jóvenes se les proporciona sólo prácticas de piedad. No se
les enseña a relacionarlo todo con Jesucristo, a restaurar todo
en Jesucristo. Hija mía, le contesta el Padre Cómbalo! es inútil
que se empeñe en dar más y más vueltas; la voluntad de Dios, es
preciso que la cumpla. Esto se hará.
Esto se hizo, en efecto, como
veremos más tarde;es necesario decir que este camino difícil,
para una naturaleza no menos difícil, preparaba para la Asunción
a la que será la cofundadora, la más cercana a María Eugenia, su
Asistenta, Mere Thérése Emmanuel, maestra de novicias desde la
fundación del noviciado hasta su muerte en 1888.
ES la tarde del 30 de abril de
1839. La Iglesia celebra ese día la fiesta de Santa Catalina de
Siena, terciaria seglar dominical; pero esa tarde, ya las
campanas de la capital tocan anunciando el mes de María. La
pesada fachada de la iglesia de «Saint Sulpice» (una de las más
grandes y más típicas parroquias de París), la gran fuente de la
plaza y, a la derecha, una calle muy pequeña que conduce al
jardín de Luxemburgo, es la calle Férou. Ana María Eugenia
Milleret y Anastasio Bévier se reúnen en un pequeño apartamento
del número 15 de la calle. Una tiene veintiún años y la otra
veintidós. Madame Olivier, una virtuosa viuda, amiga del Padre
Cómbalo!, protege con su nombre y con su edad a esta primera y
pequeña «Comunidad», alquilando para ella esta exiguo
apartamento.
Aquí hay mucha pobreza, en
efecto; falta todo. Duermen sobre jergones de paja; el
mobiliario está reducido a lo estrictamente necesario; la comida
es extremada-mente pobre. Allí se inicia una vida en todo
conforme a las reglas conventuales.
No son más que dos... y, sin
embargo, en esa tarde en que la luz de mayo desciende sobre la
ciudad, ¡la Asunción está fundada! De año en año, María Eugenia
celebrará este aniversario como el de la fundación de la
congregación, recordando en ese día la sorprendente acción
divina.
Nuestra
congregación ha tenido unos comienzos tan endebles, tan
impotentes y tan poco adecuados al bien que ha querido Dios
obtener de ella que no nos atreveríamos a contarlo de ninguna
forma, si no fuera precisamente para poner de relieve que por la
ausencia de toda fuerza y de toda sabiduría humana es por lo que
las obras se muestran más verdaderamente de Dios.
Esta desproporción es la que
nos hace ver y creer en nuestro Creador, en Aquél, Cristo Jesús,
que ha querido de nosotros solamente una total dependencia
amorosa hacia su persona.
Pero abramos la puerta de este
apartamento. Ya está allí una tercera joven, Joséphine Nerón,
amiga de infancia de Ana Eugenia, de su misma edad, muy dotada
para la música. Su salud le impedirá soportar las fatigas de la
vida en comunidad. Apenas permanecerá un año.
La vida religiosa empieza
realmente por el toque de campana: se reza, se estudia, se lleva
en el corazón el gran proyecto, se atiende a los cuidados de la
casa. Las ocupaciones, el Oficio, el silencio, la lectura
espiritual, la oración están indicados en un cartel, y así se
puede sentir la alegría de hacer en cada momento lo que le
agrada a Dios. Se dejan guiar por el Padre Combalot, se habitúan
a la obediencia. El sacerdote establece un programa de estudios
e imparte una enseñanza sólida. Tiene ciertamente un gran
espíritu de fe, un ardiente amor a la Iglesia y a la Virgen
María. Sin embargo, violento y caprichoso, inconstante y más
bien dominante, extrema el ritmo de sus exigencias.
María Eugenia contará, muchos
años después: el Padre Combalot cambiaba de idea cada quince
días con respecto a todo. Pero, añade María Eugenia, fue
exactamente así como Jesucristo ha formado y ha fundado la
insignificante y nueva congregación, grabando en ella para
siempre la locura de la obediencia, es decir de la fe, de
preferir a Dios antes que cualquier otra cosa. Si la
Asunción existe es porque las primeras hermanas obedecieron
sencillamente y sin discutir a una dirección, que, reconozco,
con frecuencia no era nada razonable.
Sin embargo, hay que decirlo,
las «Notas íntimas» de María Eugenia nos descubren que lloró
mucho durante los primeros meses de la fundación.
Esta puerta que hemos
entreabierto, muchos amigos la atraviesan, bienhechores que
ayudan pero que vienen también a beber en la pequeña fuente que
empieza a brotar en el corazón de París. Muchas jóvenes también
penetran por esta puerta, atraídas por la vida religiosa de un
estilo nuevo, humilde y audaz. Podemos destacar el nombre de
Henriette Halez, cuya dolorosa historia se cuenta también en
nuestros «Orígenes»; habiendo perdido rápidamente al padre y a
la madre, fue educada por un abuelo que se suicida ante sus
ojos. Un tutor tosco toma el relevo de su educación. Henriette
vive en la calle Férou y tuvo la suerte de conocer a la
comunidad. Entrará al alcanzar la mayoría de edad para alegría
de todas, y la que se llamará Sor Marie Joséphe morirá algunos
años después, arrebatada por la tuberculosis. Esta será la
primera de una larga serie de jóvenes y santas hermanas que se
nos fueron muy pronto para unirse con el Señor.
A finales de julio, la pequeña
comunidad aumenta y el cansancio de María Eugenia también;
deciden alquilar una casita bien aireada en Meudon, para el
verano, en el número 12 de la calle «des Fierres».
Allí es donde Catherine 0'Neil
se entrega definitivamente a Dios y a la Asunción el 5 de agosto
en la fiesta de Nuestra Señora de las Nieves. Allí es también,
el 5 de octubre, en donde Joséphine de Commarque, la primera, se
une, por fin, a su querida comunidad.
Una anécdota, contada por la
misma Joséphine a su llegada, describe bien el espíritu de
pobreza de las primeras hermanas: se trata de Anastasio que, a
la vuelta de la estación para recibir a Joséphine, se cae sobre
una hojalata, se hiere en la rodilla y exclama: «i0h! ¡qué
suerte! ¡Sólo se ha dañado mi pierna, mi traje no se ha roto!».
El buen humor del relato expuesto relativiza la reacción, pero
el fondo permanece. La pobreza será una norma continua de la
naciente congregación, de la que se podrán contar todavía muchas
peripecias en el curso de las diversas «estaciones» a las que
irán las hermanas.
Después de estos tres meses, en
los que la comunidad ha crecido mucho, gracias a Dios,
permanecerán la calle Férou mientras encuentran un alojamiento
mayor.
En el momento de abandonar este
lugar único en el que nació nuestra congregación, recordemos una
conversación real de María Eugenia durante uno de estos
aniversarios, en que se celebraba alegremente el recuerdo de la
fundación; se trata del de 1884:
Al volver
sobre aquellos primeros días, y al observar todo lo que el Señor
ha hecho por nosotras, me emociona una idea que siento necesidad
de exponer; en nuestra obra, todo es de Jesucristo, todo es por
Jesucristo, todo debe ser para Jesucristo... Empezamos en un
pobre ^ pequeño apartamento, luego en casas alquiladas. Éramos
unas pobres jóvenes sin un lugar en la tierra. Dios nos lo dio
todo: las casas, las hermanas, ¡todo viene de El, todo es pues
de El y debe volver a Él! Sí, ciertamente, Jesucristo fue «el
fundador de nuestra Asunción..., y en las manos de Dios los más
débiles son los más fuertes»

TOMEMOS la calle «Férou» hacia
Luxemburgo, estamos en la calle de «Vaugirard», unos cientos de
metros más lejos, a la derecha \ «una casita bastante grande
entre un patio y un jardín, uno y otro muy pequeños» pero
suficientes para la joven comunidad que no tenía más que un
único deseo: poseer una capilla con el Santísimo Sacramento. La
casa vecina más cercana es un gran monasterio de la Visitación,
que hoy día continúa allí, lo que no dejó de confortar a la
antigua novicia de la «Cote Saint André».
Aquí, durante tres años,
numerosos acontecimientos se sucederán, felices y desgraciados.
La pequeña comunidad se fortifica, y la visión de la fundadora
se concreta, pero las pruebas continuarán y las ayudas le van
faltando poco a poco. Siempre en la oscuridad y la prueba, en
las alegrías cotidianas es donde la obra hunde sus pequeñas
raíces en la tierra de la Iglesia. Veamos, pues, los detalles de
nuestros primeros pasos.
En estas primeras semanas, se
prepara con esmero la futura capilla, donde pronto habitará el
Señor. Una sencilla habitación en el piso de arriba de la casa
fue cubierta con un papel muy modesto que, sin embargo, parecía
magnífico, según cuentan los «Orígenes»; un altar de madera
corriente y «encima del altar se abre una ventana en ojiva, en
la que papeles de diferentes colores ¡simulaban una vidriera!».
La primera Misa fue celebrada
por el Padre Combalot, el 9 de noviembre de este año de 1839,
muy emotivamente. «El Señor toma posesión de la Asunción». La
piedra angular, el Dueño de la casa va a quedarse.